Parece que ya empiezo a entender…

Tal y como reza la canción de Fito y Fitipaldis: » parece que ya empiezo a entender las cosas importantes aquí, son las que están detrás de la piel».

Me ha parecido un buen comienzo para hablar de un tema que suele ser tabú para la mayoría de adolescentes, se trata del afecto. Contemplo cada mañana la coraza que cada uno de mis pupilos se ponen al entrar a clase y es algo que me preocupa, pues estamos dejando de lado la educación emocional en pos de una educación cuadriculada y memorística, donde el elemento humano no se vislumbra en la mayoría de las clases.

Ya han sido varias ocasiones las que me he topado con adolescentes que arrastran unas carencias afectivas graves de casa y que como suele ocurrir, piden a gritos en otros ámbitos o lugares un poco de atención y cariño, especialmente aquel alumnado más problemático y que se revela contra su realidad diaria. Si indagamos un poco más tras esas actitudes, en la mayoría de casos encontramos casos de abandono; maltrato, no solo verbal sino físico o en el peor de los casos, muerte de algún pariente. Pero estos no son los únicos motivos que justifican estas carencias, también encontramos que cada vez son más los padres que por cuestiones de trabajo se ven obligados a dejar solos a sus hijos muchas horas en casa, sin estar bajo supervisión de nadie, de modo que no hay  tiempo real para conocer  los cambios que conlleva esta dificultosa etapa de la adolescencia.

En calidad de docente, considero que hay mucho camino por recorrer en este aspecto. En primer lugar, que se haga más visible el problema de la carencia de educación emocional, esto es, que nuestro alumnado sea capaz de gestionar sus propias emociones y sean capaces de comunicar aquello que les abruma y preocupa para poder dar salida a sus problemas y preocupaciones.Por ello, dejemos que expresen sus ideales, enseñemos a esta juventud a considerar importante la comunicación real, la del cara a cara, aquella que hemos practicado durante tantos años y que está en crisis con la aparición del mundo tecnológico, ahondemos en la comprensión de esa rebeldía típica de nuestros jóvenes.

Si analizamos las nuevas metodologías educativas, hallamos en muchas de ellas la introducción  de la educación emocional como algo novedoso, cuando esta educación ha existido siempre, tan solo depende del docente. Aprendamos que el presente y el futuro de las generaciones venideras necesita tener una motivación para aprender en un contexto atractivo, al igual que cada uno de nosotros la necesita en su periplo educativo. Si además esta motivación está enlazada al factor emocional, aseguraremos que los aprendizajes se instalen en las mentes de nuestros educandos, pues como bien señaló Hendricks: » la enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón», por tanto, aunemos  esfuerzos entre padres y docentes para conseguir que la educación tenga la calidad que merece y a pesar de que cada uno más tarde camine por diferentes derroteros, dejemos un buen recuerdo y unas enseñanzas que puedan utilizar durante su vida adulta para poder afrontar todos los imprevistos que  les vayan surgiendo en su recorrido particular.

Enseñemos que la vida tiene las dos caras de la moneda y que no decidimos cuándo gira hacia el lado positivo o negativo, pero habremos de estar preparados para saber convivir con ambos. En definitiva,  mostremos como docentes  «sui géneris» las lecturas desde diferentes perspectivas  que amplíen los horizontes, dado que » el lobo siempre será malo si solo escuchamos a Caperucita».

Anexo este vídeo con la opinión de adolescentes sobre sus propias emociones a través de una iniciativa como el teatro, una excelente manera de aprender a expresar nuestras necesidades, sueños y habilidades más recónditas, herramienta que yo misma como alumna tuve la oportunidad de practicar en el colegio y con la que descubrí numerosas destrezas que hasta entonces desconocía.

Contra viento y marea

En este mar sin calma, hay días en que el ritmo cotidiano no nos permite realizar un alto en el camino y pararnos a reflexionar si estamos donde realmente queremos estar o si simplemente somos felices con aquello a lo que dedicamos nuestro valioso tiempo. Multitud de pensamientos navegan  por la mente,  pero olvidamos dedicar un tiempo a preguntarnos si merece la pena tanto esfuerzo para llegar a ese lugar que tanto ansiamos, nuestro Ítaca o destino particular.

En mi caso, la respuesta es afirmativa. Merece las noches en vela, los largos días de tormentoso estudio, los nervios a flor de piel que te dejan exhausto en cada cara a cara con el tribunal de Oposiciones- si algún opositor se halla leyéndome ya entiende en qué tesitura nos movemos-, pero especialmente  merece cada batalla diaria y aprendizaje. Es curioso cómo en la distancia le concedemos un inmenso valor a aspectos que hasta ahora se nos antojaban cotidianos; como unas palabras de aliento desde la lejanía cuando inicias un nuevo tránsito, tener tiempo para una charla con amigos, intercambiar ideas con nuevas personas o un abrazo reconfortante que te recoloque en esos días de confusión y desesperación en busca de nuevas rutas que ayuden a sortear cada temporal.

Pero también necesitamos estos días de caos y catarsis para poder liberar tensiones y tomar de nuevo el timón.Tenemos derecho a derrumbarnos, pues alguien muy allegado me dijo una vez, que de las graves crisis nacen las grandes ideas, dado que esto supone buscar nuevos planteamientos a los problemas. Precisamente aquí es donde sobrevienen momentos de inspiración en los cuales comienzas a tomar nota en un viejo papel, en ocasiones una servilleta, con ideas para poner en práctica en clase o encuentras en algún escrito o lectura una frase motivadora que has decidido será tu nuevo lema de motivación cuando te levantes, pues » ningún mar en calma hizo experto a un marinero».

Por ello, no perdamos el rumbo para lograr aquellas metas o sueños, que entretanto, la travesía promete curtirnos en un sinfín más de aspectos inesperados, nos enseñará a ser pacientes y no lanzarnos al abordaje, a esperar nuestro momento de desembarque, a seguir luchando contra viento y marea sorteando los obstáculos o vicisitudes para que al llegar a tierra firme, la recompensa no solo sea abrazar el éxito, sino también recordar múltiples aventuras que han hecho de esta, una experiencia inolvidable.

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