En la misma línea que el pasado año, me dispongo nuevamente a hacer balance de este 2017, a menos de 24 horas para dar la bienvenida al 2018.
2017, año que comenzó con buen pie tras dejar atrás los últimos meses de 2016, duros pero que me dejaron valiosas lecciones, la más importante, descubrir que los obstáculos se pueden ir sorteando si la actitud y tu entorno te son favorables. Así, poco a poco fue conformándose mi pequeña gran familia granollerina compuesta de miembros muy dispares y con los que pasé inolvidables momentos de paellas, bailes, conversaciones profundas o los shows musicales a cargo de mi querida compañera de piso.
Esta vez los propósitos eran diferentes, soñaba con tener una estancia en Cataluña lo más amena posible y así fue; nunca olvidaré los jueves de encuentros entre profesores para unas cervecitas, los conciertos en directo que vivimos, las pequeñas escapadas que realizamos a lo largo de la geografía catalana, aquella famosa calçotada que prometimos volver a repetir o las noches en la ciudad condal, con conciertos a los pies de la Sagrada Familia, así como las noches de karaoke en la mejor compañía.
A nivel profesional, gané tablas sobre mi particular » escenario», las aulas, y aprendí a escuchar las opiniones de compañeros con diferentes experiencias que han ido conformando mi curriculum, no solo a través de mis ojos, sino de los ajenos. Aprendi a escuchar también al alumnado, dado que en ocasiones con el ritmo frenético de las clases, olvidamos hacer un parón y valorar si estamos siendo efectivos, si nuestros «discursitos» calan hondo o si nuestra metodología podría cambiarse, entre otros asuntos.
2017, año de viajes mayoritariamente ibéricos y alguno que otro Europeo, pero todos ellos enriquecedores y no solo por los monumentos visitados o las calles paseadas, sino también por la gente que hizo que esos viajes resultaran divertidos, agotadores de tanto caminar, gastronómicos, surrealistas ( valga de ejemplo la visita que realizamos al Museo Dalí en Figueres) o llenos de puestas de sol que dejaban paso a las noches veraniegas.
Septiembre, como bien recordaba en la entrada del año 2016: https://experienciasvitales.blog/2016/12/30/balanceando-el-2016/
mes siempre convulso en mi vida, de cambios, vuelta a la lejanía, a volver a retomar lo que dejaste en junio con cierta nostalgia y a abandonar lo que tanto me ata a mi Valencia: su clima, su gente, sus costumbres,… Nuevas compañías que llenaron de vitalidad nuestro hogar y trajeron esa frescura que se necesitaba. Nuevo centro educativo, en esta ocasión » de alta complejidad», lo cual supuso un reto para mí, tenía la oportunidad de desarrollar nuevas ideas, de ponerme a prueba en un contexto muy diferente al que había tocado hasta ese momento y entender nuevas necesidades en un alumnado que requería de más cariño y atención de lo habitual.
Inicios duros, de mucho nerviosismo, de medir cada una de las palabras que pronunciaba y de escuchar paciente todo lo que este nuevo centro tenía que ofrecerme. Y aunque estaba muy cómoda tras los primeros incidentes con alumnado agresivo o con déficit de atención, entre otros trastornos; de otro lado, sentía que mi tiempo allí estaba expirando. Bien es cierto que el bagaje que he adquirido en Cataluña, me ha servido de mucho, pero el cuerpo me pedía un cambio, un volver a retomar mi vida anterior en mi añorada Valencia: mis amistades, mis ilusiones, mi antiguo cauce del río Turia, las calles recónditas por donde solía pasear aquellos días en que necesitaba desconectar de todo y, en definitiva, la paz que transmite ese lugar al que de muchos modos perteneces.
Es por eso que mi objetivo primordial se centró en lograr el cambio hacia Valencia y en pocas semanas, obtuve mi premio, ese que había aguardado durante unos 2 largos años, hasta que por fin la bolsa de interinaje llegó a mi nombre y quiso el destino colocarme en un centro educativo, que si bien no tiene el mismo perfil de alumnado que allí arriba, también me ha situado en una posición de alta responsabilidad, al ser la que prepara a los preuniversitarios para dar el gran salto y comenzar a construir sus futuros.
Nunca olvidaré la calurosa acogida que obtuve en mi actual centro, sus múltiples actividades perfectamente orquestadas desde todos los departamentos y el famoso Cross en contra de la violencia de género el pasado 24 de noviembre, donde tuve la suerte de conocer en directo a » El diluvi», grupo valenciano que canta condenando estas y otras injusticias. Asimismo, sentí el calor de mi nuevo alumnado que me animó a lo largo de toda la carrera en la que participamos y valoré los futuros talentos que se forman en el Bachillerato Escénico. Por último, absorbí cada una de las palabras de la portavoz de una Asociación de Mujeres que han sido víctimas de la violencia de género y que recordaron a los presentes la importancia de discernir que: «si es amor, no duele».
Llegados al mes de diciembre y con muchos giros en mi vida, pero todos para mejor y por decisión propia, quería despedirme no sin antes recordar que: todo el que siembra, recoge más tarde o más temprano, que la vida a veces, duele y exige sacrificios constantes y que hay que valorar más a diario a aquellas personas que nos hacen felices, que nos hablan sin adornos y nos quieren y aceptan tal y como somos.
Gracias a todas aquellas personas que han conformado mi 2017 y lo han hecho más bonito y llevadero y que todas aquellas que siguen sumando, se queden en este 2018.
Despido este 2017 deseandoos a tod@s un Prosperísimo 2018.
Nos vemos con nuevos Secretos por Compartir