El poder de las palabras

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¿ Qué poder pueden ejercer las palabras de otros  en nuestra trayectoria?

Me adentro en el tunel del tiempo y me sitúo en el pupitre como alumna. Era estudiante y comenzaba quinto de primaria. Ansiosos por la llegada del nuevo curso recibíamos nueva maestra. Por suerte, apareció ella, que con su desparpajo logró captar nuestra atención desde su presentación, no solo por su don de palabra, sino también por aquella capacidad que tuvo de motivarnos  y extraer el máximo jugo de cada uno de sus estudiantes, sabiendo que no éramos precisamente un grupo sencillo. Nuestro grupo tenía marcado un estigma, difícil de olvidar y que había causado rechazo a ciertos docentes a la hora de elegir si impartirnos clase o no. De modo que el plato fuerte se reservaría para la maestra interina que llegaba al colegio. Para sorpresa de todos, aquella docente consiguió comprender cada una de las necesidades que teníamos y comenzó por resaltar aquellas cualidades personales que caracterizaban a cada uno.

Como un recuerdo nítido y conmovedor guardo la primera vez que le entregué la libreta  y me dijo: «¿ Sabes que escribes muy bien ? ¡ Además tienes una letra muy bonita!«. ¡ Qué palabras aquellas! Ni yo misma pensé que tendrían tanta repercusión y que me guiarían en mi afán de ser profesora de Lengua. Pero esto solo fue el comienzo, no solo logró atraparnos a nivel individual alentándonos diariamente y explotando las virtudes que había observado de cada cual, sino  también mejorar el clima de la clase.

El «truco» de Marce –como así se llamaba nuestra famosa maestra- fue hacernos sentir que cada uno de nosotros tenía una habilidad especial y era válido en diferentes ámbitos, que cada cual tenía su propio ritmo de aprendizaje y su particular personalidad, pero que todos llegaríamos a un mismo destino aquel año, aprobar el curso y ver recompensado nuestro esfuerzo. Analizándolo más de 15 años después, no debió ser tarea fácil, pero imagino que su satisfacción fue inmensurable. Ese año fue mágico, inolvidable, pero tenía fin. El último día de clase supuso un drama para todos los presentes. No éramos capaces de asumir que aquella guía nos debía dejar en presencia, aunque nunca en espíritu. Llantos inundaban el aula pidiéndole que por favor volviera el curso siguiente y entre constantes sollozos y la voz entrecortada nos dijo: «prometo hacer lo posible por volver, pero si yo no estoy, recordad todo lo que habéis aprendido y dejad el listón bien alto, porque no sois una clase mala, sois fantásticos. No dejéis que os vuelvan a poner la etiqueta».

Llegados a este punto y estando yo ahora en la posición de docente y no de alumna, me gustaría pensar que aparte de recordarme por aquella profesora de Lengua del instituto, también recuerden cómo les hice sentir, ya que como afirmaba la polifacética Maya Angelou: «la gente olvidará lo que dijiste, lo que hiciste, pero nunca olvidará cómo la hiciste sentir». Esa es otra de las misiones que tenemos como educadores, formar a personas y no robotizar  la figura competencial del profesor. Mostremos que detrás de cada éxito, hay un gran esfuerzo, un trabajo y muchas derrotas, zig zags que tan pronto te transportan al paraíso como te hacen descender al mismísimo infierno. Errores que sirven para evolucionar en la vida y que permiten  reflexionar antes de juzgar, dado que por avatares de la vida cada cual alcanza el éxito de diversos modos, pero si no sabemos qué dificultades se tuvieron hasta llegar ahí, no hemos de menospreciar el valor del éxito logrado.

De manera que no dejemos que nadie nos diga que no podemos hacer algo, rodeémonos de personas que nos hagan crecer, que nos llenen de coraje y energía positiva y nunca olvidemos que unas palabras de aliento pueden cambiar el rumbo de la vida de muchas personas a nuestro alrededor, máxime si se encuentra en una situación privilegiada como la mía en que se puede ser escuchada constantemente.

Finalmente os dejo con una analogía que resume a la perfección cuáles son los aspectos fundamentales para no rendirse; el esfuerzo, el soporte externo, el coraje y  la perseverancia, aspectos que deberemos potenciar en nuestro alumnado.

la-ranita-sorda-08-11-2013

Un grupo de ranas viajaba por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en un hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo…  Cuando vieron cuán hondo era éste,  le dijeron a las dos ranas en el fondo que, para efectos prácticos, se debían dar por muertas. Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera del hoyo con todas sus fuerzas. Las otras seguían insistiendo en que sus esfuerzos serían inútiles. Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió.   Ésta se rindió, se desplomó y murió. La otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible. Una vez más, la multitud de ranas le gritaba y le hacían señas para que dejara de sufrir y que simplemente se dispusiera a morir, ya que no tenia sentido seguir luchando. Sin embargo, la rana saltó cada vez con más fuerzas hasta que, finalmente, logró salir del hoyo. Cuando salió, las otras ranas le dijeron:

“Nos alegramos de que hayas logrado salir, a pesar de lo que te gritábamos”. La rana les explicó que era sorda y que pensó que las demás la estaban animando a esforzarse más y a salir del hoyo. 

Dedicado a mi gran amiga E.C.H, con la que he vivido gran parte de estas experiencias,  ¡Gracias por ser una de esas personas que te motiva a lograr tus propósitos y con la que espero seguir creciendo siempre! 

 

 

 

3 comentarios sobre “El poder de las palabras

  1. Un análisis certero chica, felicidades. Creo que la docencia es algo que debe estar en manos de aquellos que la sienten, entienden y cuyo entusiamo no es otro que «conocer a sus alumnos individualmente y coserles trajes a medida».
    Una película que todos hemos visto alguna vez y que se asemeja mucho a esa maestra que tanto te marcó, explotando el potencial de cada alumno y haciéndoles sentir válidos es

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