Inmersa en la vorágine que supone comenzar el que será mi primer curso académico completo como profesora, observo cómo se acerca el Veroño, esa nueva estación del año surgida a partir del cambio climático, donde en Valencia todavía es posible calzar unas sandalias al tiempo que las hojas de los árboles comienzan a caer. Con este batiburrillo de estaciones, es normal que nuestro estado anímico se encuentre como en una montaña rusa, con sus subidas y bajadas y que no lleguemos a cambiar la ropa veraniega, por la otoñal hasta bien entrado el mes de noviembre, puesto que se hace posible poder visitar la playa todavía en estos días.
Si bien los meses de septiembre y octubre siempre suponen cambios; vuelta a la rutina tras las ansiadas vacaciones veraniegas, comienzo de nuevos propósitos o de nuevas etapas vitales, conforme una va cumpliendo años, este período va adquiriendo nuevos matices. En mi caso, un huracán de emociones; comenzando por saber cuál será el nuevo destino del centro educativo que te espera como profesora. Todavía recuerdo los primeros días de este pasado mes de septiembre con cierta euforia, a la espera de leer en la pantalla del ordenador cuál ha sido el lugar donde el azar ha querido transportarme. Minutos después, algo compungida y exaltada por la noticia, comienzas a llamar a tus familiares y amigos. Alegría al otro lado del teléfono deseándote toda la suerte del mundo, allegados que lamentan tu marcha y comienzan a planificar cuándo te sorprenderán con su próxima visita, abrazos de despedida acompañados en algunos casos de lágrimas, pero en definitiva, buenos deseos con esta nueva mudanza.
Lo que ellos no saben es que ello supone un cambio drástico en tu vida; haz maleta con lo básico y lánzate a la aventura de descubrir ese pueblecito de montaña, dónde vivirás y con quién, qué te ofrecerá esta nueva experiencia… tantas y tantas preguntas, especialmente cuando ello significa cambiar de Comunidad Autónoma y sumergirte en un nuevo ambiente, con tus miedos, lejos de toda tu gente, pero con la emoción- eso sí- de saber que vas a ejercer tu profesión y que siempre quedarán los fines de semana para poder conocer un poco más de tu nuevo enclave o regresar a tus raíces y poder saborear durante unas horas que el tiempo no ha pasado y que todo sigue ahí, en su sitio.
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